
El amor de Dios es como el agua. Mana puro desde la profundidad elevada del Espíritu, como el agua desde el interior de la alta montaña para nutrir a la humanidad y a la naturaleza toda. Así como el agua sólo nutre nuestro cuerpo cuando la consumimos, el amor de Dios sólo nos nutre cuando lo consumimos al entregarlo a todo el que entre en contacto con nosotros. El 70% del cuerpo es agua y cada quien se preocupa por mantener ese nivel, para no deshidratarse. El 100% del Espíritu es amor y cada quien debe preocuparse por mantener el nivel, para no condenarse.
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