
Si nos preguntan, todos responderemos que hubiésemos preferido acercarnos a Dios antes de que las tribulaciones hicieran aparición en nuestra vida. Estamos claros en que Él no provoca las tribulaciones, aunque permite que ocurran cuando optamos por alejarnos, y luego las aprovecha para volver a darnos su amparo. Si reflexionamos, nos damos cuenta de que Dios no dejó de llamarnos cuando nos alejábamos, pero nos hicimos los sordos, los chivos-locos o, tal vez, estábamos realmente entretenidos o intoxicados por los vapores del fuego de la pecaminosidad que tiene en ascuas a una sociedad que genera tribulación, y luego descarta sin contemplaciones a los atribulados, a quienes el Padre siempre acoge porque somos sus hijos.


























